Todo ser humano, si se lo propone, puede ser el escultor de su propio cerebro. Santiago Ramón y Cajal

Y si no se lo propone, también. Estamos creando y deshaciendo conexiones en nuestro cerebro continuamente. Lo que pensamos, decimos y hacemos modifica nuestra mente. Hasta hace poco se creía que a los 18 o 20 años nuestro cerebro estaba totalmente configurado y no era posible cambiar nada. Ahora, gracias a los avances en neuroimagen, se ha visto lo que ya anticipó Santiago Ramón y Cajal: sin límite de edad, nuestro cerebro está en continuo cambio, influido por nuestra conducta.

Tengo una amiga que se ha separado y se ha mudado a otra ciudad. Ayer comí con ella y me contaba que, aunque de esto hace ya más de un año, se siente bastante triste. Después de unos meses de euforia por el cambio y la liberación que sintió al dejar atrás a una pareja con la que no estaba a gusto y a una ciudad donde se sentía asfixiada, ahora echa de menos muchas cosas que ha perdido y no ha encontrado en su nueva vida todo lo que esperaba encontrar.

La conversación con mi amiga me hizo ver, una vez más, cómo la mayor parte de nuestro sufrimiento es causado por nuestra mente y su modo de relacionarse con la realidad: comparar, interpretar, juzgar, analizar, aferrarse o esperar que las cosas sean de una forma concreta son, entre otros, sus modos de funcionamiento habituales.

Muchas de las personas que participan en los cursos o en las sesiones que imparto repiten una y otra vez lo mismo: tengo todo, tengo una vida estupenda y no estoy bien. Con todas, o con las suficientes condiciones a nuestro favor, siempre están de fondo las críticas, las comparaciones, esa sensación de “falta algo” que no nos permite disfrutar de nuestra vida en paz.

Una parte de nuestra mente es un instrumento al servicio de la supervivencia de la especie. Programada al milímetro para que los genes del individuo que la porta pasen a la siguiente generación. A esa parte le importa muy poco que ese individuo sea feliz. Basta con que sea capaz de evitar con éxito los peligros y de encontrar y repetir las conductas que le van a mantener con vida y energía (comer, defecar, tener relaciones sexuales y cosas así). Por suerte, hay otra parte de la mente que es exclusiva de los humanos y que no solo quiere evitar peligros y repetir conductas placenteras sino que, sobre todo y más allá de este simple mecanismo de supervivencia, quiere ser feliz.

 

Lo más venerable del mundo, lo más comprensible, lo más nítido, lo más constante no es solo que queramos ser felices, sino que solo queramos ser eso. Es a lo que nos fuerza nuestra naturaleza. San Agustín

Por suerte, contamos con una práctica para liberarnos de esa mente de supervivencia. Liberarnos no significa eliminarla, sino ser conscientes de ella para que esté a nuestro servicio sin dominarnos. Que podamos vivir la rabia, el apego, la tristeza por lo que nos falta y otras muchas emociones y estados mentales sin que nos arrastren y nos metan en un pozo de negatividad que nos impida ver el resto de la realidad. Esa práctica es muy simple. Es la atención, la consciencia, el mindfulness… Darnos cuenta. Vivir lo que toca en cada momento estando ahí, en la vida.

 

Cuando aumentas el nivel de consciencia, los cambios en tu vida vienen solos. Jon Kabat-Zinn

No es necesario hacer nada más, aunque hay una práctica muy valiosa que puede contribuir de forma importante al equilibrio y la felicidad de nuestra mente (lo que equivale a decir nuestra felicidad y la de los demás).

 

Nuestra mente es velcro para las experiencias desagradables y teflón para las agradables. Rick Hanson

Entre otros mecanismos de supervivencia, contamos con lo que se conoce como “sesgo negativo”. Ante dos experiencias, nuestra mente recuerda y da mucho más valor a la que es desagradable. Nos encanta que nos halaguen y nos digan cosas bonitas, pero si alguien nos dice algo que nos resulte duro u ofensivo, recordaremos y daremos muchas más vueltas a eso que a los piropos. Las experiencias desagradables se almacenan de un modo muy estable y rápido: se les da un valor muy alto e inmediatamente pasan a la memoria a largo plazo; tenemos que recordar muy nítidamente dónde hay una potencial fuente de peligro para poder evitarla en el futuro. Las experiencias agradables, por su parte, no siguen ese patrón. Para dejar siquiera una leve impresión en nuestro cerebro todo lo que es agradable y placentero tiene que quedarse un tiempo en la consciencia. En concreto, según la neurociencia, al menos cinco segundos.

Por eso, el neurocientífico Rick Hanson explica de un modo muy gráfico que nuestra mente es velcro para las experiencias desagradables y teflón – un material muy resbaladizo- para las agradables. Lo que nos desagrada se nos queda literalmente pegado y lo que nos gusta pasa desapercibido en la mayoría de las ocasiones. Y todo esto se traduce en ese sesgo negativo del que hablamos, un mecanismo inconsciente al servicio de la supervivencia que nos lleva a sufrir innecesariamente. Nuestra mente, enredada en lo desagradable, en lo que nos molesta, le da vueltas una y otra vez, obviando el montón de momentos para disfrutar y compensar la negatividad que surgen a lo largo del día.

Hoy no vivimos ya en un medio habitado por depredadores al acecho, pero una parte de nuestra mente, moldeada a lo largo de miles de años, sigue funcionando como si en cualquier momento tuviera que protegerse de un tigre o atravesar una selva llena de amenazas. Podemos ser conscientes de ese mecanismo y también podemos compensarlo. No se trata de evitar lo desagradable, que forma parte de la vida. O de dejar de tomar decisiones para salir de situaciones vitales que no nos convienen. Pero podemos equilibrar nuestra mente, modificar ciertas vías neuronales de nuestro cerebro actuando conscientemente sobre un circuito que ya no es tan necesario como hace 200.000 años, pero que sigue funcionando inconscientemente, generándonos muchísimo sufrimiento innecesario.

 

Práctica: Atención plena a lo agradable.

 Muchos momentos surgirán naturalmente, como el sentir el contacto del aire fresco en la cara al salir de casa o escuchar el canto de un pájaro. Si no surgen de forma natural o no nos damos cuenta de ellos, podemos buscar al menos una o dos experiencias agradables a lo largo del día. Pueden ser cosas muy sencillas: contemplar una flor hermosa que encontramos en nuestro camino o tomar una buena taza de te. Es muy importante el abrirnos a esas experiencias, entregarnos a ellas: guardar silencio, parar por un momento y sentir. Saborear el te, oler o tocar la flor, entrar en contacto con las sensaciones corporales y todo lo que está pasando mientras vivimos estos momentos. Se trata de permitir que ese momento de disfrute nos cale, nos llegue. Que podamos sentir en todo nuestro ser la alegría y la expansión que producen esos pequeños momentos que en muchas ocasiones nos pasan desapercibidos. Recordemos que, mientras lo desagradable nos deja una marca en el acto y, cuanto más desagradable, más profunda, para que las experiencias agradables dejen huella, tienen que permanecer al menos cinco segundos en la consciencia.

Esta sencilla práctica de poner atención plena en los buenos momentos del día puede hacer que vivamos de un modo más equilibrado. De nuevo, no se trata de impedir o bloquear lo desagradable, que es parte de la vida, ni de apegarnos a lo agradable, sino de compensar la tendencia hacia la negatividad propia de nuestra mente, para no vernos arrastrados o sobrepasados por ella.

 

No intentes salvar al mundo o hacer algo grandioso. En lugar de eso, crea un claro en el espeso bosque de tu vida. Martha Postlewaite

Si quieres, esta semana puedes preguntarte qué aspectos de tu vida podrías saborear y disfrutar. Puedes proponerte poner atención a los momentos en los que esté pasando algo agradable y abrirte a ellos. De este modo, muy suavemente, estarás dando un giro a tu forma de percibir e interpretar la realidad hacia la satisfacción, hacia la apertura y la ligereza del corazón. Estarás creando un claro en el espeso bosque de tu vida.

 

 

 

 

 

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