Hace unos días, mi amigo Manuel Anguita me envió un texto que me encantó. Era uno de esos mensajes que circulan por whatsapp y se atribuye a Jeff Foster. Me apetece compartirlo. Me resulta muy inspirador y me recuerda un camino que olvido fácilmente.

“Escucha”

¿La cualidad más hermosa de todas en un ser humano, en mi humilde opinión?
La capacidad de escuchar profundamente.
Escuchar desde la presencia. Desde la quietud.
Escuchar sin intentar arreglar a alguien, cambiarlo o “salvarlo”.
La capacidad de permitir que el otro sea exactamente como es.

No dar consejos no solicitados ni respuestas prematuras.
No sermonearlo sobre las últimas investigaciones psicológicas o la enseñanza espiritual “más verdadera”.
No tratar de moldearlo, manipularlo para que coincida con un concepto de segunda mano de quién “debería” ser o cómo “debería” sentirse.
No proyectar nuestro propio trauma, o respuestas traumáticas y consejos de vida, sobre él.

Sólo escuchar.

Escuchar con la mente abierta y el corazón abierto y un sistema nervioso receptivo.
Permitiéndole respirar, expresarse, llorar, cuestionar, dudar, ser completamente único, expandirse en el espacio, descubrir su propia verdad, caminar su propio camino desordenado, cometer sus propios errores únicos.

He conocido a expertos mundiales en intimidad y relaciones que no pueden hacer esto.
He conocido a gurús espirituales, los llamados “maestros iluminados”, psicólogos expertos y entrenadores de vida que son incapaces de hacer esto.
Me he encontrado con profesores y autores populares sobre “escuchar desde el corazón”, “mantener el espacio”, “conciencia pura” y “espiritualidad encarnada” que son absolutamente incapaces de hacer esto.

Es un don poco común: la capacidad de permitir que los demás sean exactamente como son.
Roto. Todo. Triste. Enfadado. Temeroso. Perdido. Despierto o dormido.
Escucharlos con cada fibra de tu ser.
Recibirlos a través de los sentidos, escuchar como escuchan los animales salvajes del bosque.
Envolverlos en una atención fascinada y sin distracciones.
Envolverlos en una presencia cálida y silenciosa.

Hacerlos sentir, en esos preciosos momentos en los que estáis juntos, como si fueran los más amados de todo el Universo.

Cuando sientes este tipo de escucha sagrada de alguien, es inconfundible.
No se puede fabricar.
No se puede fingir.
Es algo absolutamente raro y sagrado.
Es nada menos que amor incondicional.

Tu sistema nervioso lo siente y se regocija.

13 comentarios
  1. Ana
    Ana Dice:

    Muchas gracias Beatriz. Me gustó mucho cuando lo leíste y te agradezco mucho que lo hayas compartido. Haré como tú, leerlo cada día para que no se me olvide. Un beso

    Responder
  2. Carmelisa Cortés
    Carmelisa Cortés Dice:

    ¡Muchas gracias por el texto, Beatriz!
    Mi intención, desde ayer cuando lo leíste en la meditación, es poner en práctica la escucha (tal y como se propone).
    Soy amiga en algunas ocasiones de dar consejos sin que me los pidan, soy consciente ahora de ello.
    Un abrazo muy fuerte.

    Responder
  3. Reme
    Reme Dice:

    Gracias por compartir este texto sobre la escucha. Me entran muchas ganas de aprender a escuchar aunque solo sea un poco más cada día. Gracias de corazón.

    Responder
  4. Manuela
    Manuela Dice:

    Hola, Beatriz. Aquí estoy leyendo de nuevo este bonito texto que nos mostraste. Muchas gracias por todo lo que nos aportas.
    Te deseo una tarde muy agradable. Un fuerte abrazo.

    Responder

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