Seguramente has oído la canción que Rosalía interpretó en la pasada gala de los premios Goya, “Me quedo contigo”, una versión de una canción de los Chunguitos.

A mí me la mandó una amiga y me impactó. Me tocó profundamente. Esta mañana, la misma amiga que me envió la versión de Rosalía me ha mandado la original, la de los Chunguitos. Mientras la oía pensaba, “qué horterada”. Luego seguí pensando en cuántas veces nos quedamos atascados en la superficie, en la apariencia de las cosas. Ante un envoltorio que no nos gusta, que no cuadra con nuestros esquemas, nos cerramos, impidiendo así que lo que hay detrás de la forma nos llegue. También sucede lo contrario, si la forma me gusta, me abro y el mensaje, la emoción, la energía, la vida… me llegan. Se produce la comunicación, la conexión, el flujo.

Hay una estrofa en la canción que dice:

“Si me dan a elegir

entre tú y mis ideas,

aunque yo sin ellas

soy un hombre perdido,

me quedo contigo”

Inspirada por la canción, me doy cuenta de cuántas veces elegimos las ideas al otro. Aunque detrás de ellas pueden estar las mejores intenciones, una gran sabiduría o todo el amor del mundo, si no nos abrimos no accedemos al tesoro. Muchas veces, al relacionarnos con otras personas nos quedamos atascados en su imagen exterior o en cómo vemos las cosas y cómo entendemos e interpretamos la realidad, bloqueando la comunicación y la conexión. Aferrados a nuestras ideas y a nuestro particular modo de ver la vida sufrimos y hacemos sufrir, a través de la separación: yo pienso esto y tú aquello, lo mío es correcto, lo tuyo equivocado. Ahí acaba la mayoría de las veces el asunto. Y ahí se quedan la mayoría de las relaciones, en un nivel superficial (si no surge un conflicto más grave). Porque las partes no son capaces de dejar a un lado lo que piensan y abrirse realmente al otro y a lo que hay más allá de las palabras. Utilizamos las ideas como un escudo para protegernos de nuestros miedos, de nuestra inseguridad y de todo lo que surge cuando nos relacionamos con los demás, que no es otra cosa que la vida manifestándose.

Apoyada por mi práctica de meditación y movida por un deseo y una necesidad muy profunda de conectar y comunicarme conmigo misma y con los demás, cada vez voy teniendo más conciencia de todo esto. Experimento el abrirme y el cerrarme y voy viendo las consecuencias.

Tengo muchas ideas y muchos prejuicios. También tengo la capacidad y la intención de abrirme a la realidad, a los demás, a la vida. Y tengo la suerte de contar con una práctica, el mindfulness (la atención), que me permite darme cuenta de cuándo estoy actuando, hablando y relacionándome poniendo las ideas por delante (=cerrada) o a un lado (=abierta). Siento en mi cuerpo, en mi mente y en mi corazón los efectos de ambas opciones. Veo cómo la apertura me lleva a la conexión, la relajación y el bienestar y la cerrazón me lleva a la desconexión, la tensión y el malestar. Sin forzarme a abrirme y sin entrar en guerra con mis ideas o las de otros, voy viviendo, voy sintiendo y voy viendo.  Voy también comprendiendo que la seguridad que me dan las ideas es falsa y dañina y que existe otra seguridad más beneficiosa y auténtica que va surgiendo al darme cuenta de que lo que temía y hacía que me cerrara no es para tanto. Más aún, me doy cuenta de que aunque a veces es más cómodo cerrarme, si permanezco abierta, si permito la vida, puedo habitar el lugar del que habla el poeta sufí del siglo XIII Rumi:

“Allá afuera, más allá de las ideas de lo correcto y lo incorrecto

hay un prado,

ahí nos vemos.

Cuando el alma reposa sobre la hierba,

el mundo está demasiado lleno para hablar de él.

Las ideas, el lenguaje, incluso la expresión “el otro”

carecen de sentido”

 

La canción de Rosalía me ha traído recuerdos. Cuando empecé a practicar mindfulness, en un retiro de meditación, conocí a un hombre con el que mantuve una breve relación. Breve pero intensa. Decidí mantenerla en secreto porque fue bastante tormentosa; ahora con la perspectiva y la distancia que ha puesto el tiempo, me apetece compartir una parte de lo que viví entonces. Me doy cuenta de que con aquella persona pude experimentar y practicar intensivamente todo esto de lo que estoy hablando.

En cuanto nos vimos, recuerdo el momento exacto, los dos sentimos una atracción muy fuerte. Pronto supe también claramente que a su lado las dificultades surgirían y no serían pocas. A pesar de ello, seguramente apoyada por la confianza que me daba mi práctica de mindfulness, decidí seguir un camino diferente al que, inconscientemente, había tomado en todas mis relaciones anteriores. Normalmente, en cuanto las cosas se ponían feas, salía huyendo, bien literalmente, bien escondiéndome detrás de mis ideas y opiniones. En este caso, elegí quedarme y me abrí y me entregué casi por completo a él y a lo que yo sentía. Él no hizo lo mismo (¿para evitar sentirse perdido? ). Al contrario que yo, puso entre nosotros una batería de ideas sobre la pareja, el mundo, las relaciones, la vida… una barrera casi infranqueable. El tiempo que compartimos fue duro para mí, que (como dice la canción) deseaba

”estar a tu lado,

soñar con tus ojos,

besarte los labios,

sentirme en tus brazos

que soy muy feliz”

y que estaba abierta para recibir y permitir todo lo que iba surgiendo. Surgió mucho sufrimiento por la desconexión y las barreras pero todo fue absolutamente compensado por momentos de conexión que nunca antes había experimentado. Descubrí rincones de mi alma y de la del otro que estoy segura que nunca habían sido visitados. Mantuve mi corazón abierto a pesar del dolor, confiando en mí, en él y en que aquello merecía la pena. Y así fue. Aquella relación fue una de las más importantes y valiosas de mi vida. Aquel hombre, de cuya bondad nunca tuve dudas, me ayudó a abrirme a un mundo que nunca habría imaginado. Como se suele decir, “hubo un antes y un después”.

Aquel mismo hombre, (¿de nuevo seducido por la forma?) un buen día, sin preaviso ni “postaviso” desapareció de mi vida. Se fue con otra mujer que le pareció sexualmente más atractiva que yo (esto supe después). Como también dice la misma canción, en vez de elegirme a mí y a todo lo que estábamos compartiendo y experimentando juntos, eligió

“… ese cielo

donde libre es el vuelo

para ir a otros nidos”.

Este inesperado final me afectó profundamente. De pronto, todo se derrumbó. Las ideas acudieron rápidamente ofreciéndome algo a lo que agarrarme en medio del caos; mi cabeza no paraba de dar vueltas tratando de entender, culpar, cerrar… Pero el corazón y la apertura estaban allí. La consciencia, el mindfulness. Por eso pude mantenerme en pie y no me agarré a las ideas sino que las veía aparecer y seguía en contacto conmigo, en conexión, cuidándome, sintiendo, viviendo. Gracias a eso, no estuve durante aquel proceso del todo ciega y enredada en mi mente y sus trampas sino que junto al dolor pude ver y sentir también la alegría y la calma. Todo está ahí al mismo tiempo. También estaban la comprensión y el amor hacia mí y hacia aquel hombre al que no había dejado de amar, pero del que (gracias a la sabiduría que también estaba por allí y de la que surgen suaves y firmes límites) sabía que tenía que alejarme y protegerme por si, en un arrebato, cambiaba de opinión y volvía a elegir “mis formas”. Aunque en la realidad nada se cierra, por el momento ya no quería más, había tenido suficiente. Y todo pasó… todo pasa.

Sinceramente no sé qué es lo que de verdad sucedió en aquel episodio de mi vida. Seguramente no pueda saberse, pues cualquier interpretación nos deja solo al borde de conocerlo de verdad. Son de nuevo ideas, con todas sus limitaciones. Sé que fue real, que fue intenso, doloroso y hermoso a la vez. Y sobre todo fue una experiencia muy valiosa gracias a la que pude ver claramente algo que no había visto hasta entonces: que el único momento en el que podemos conectar con nosotros mismos y con los demás es el presente. Y ahí podemos elegir entre estar conscientes o no. No hay nada más que hacer. La consciencia es la apertura y es la que nos protege y la que permite que, aunque estemos usando ideas y palabras para comunicarnos, no nos aferremos a ellas, sabiendo que más allá de esas ideas (e incluso en medio de ellas) está ese lugar en el que podemos encontrarnos y reposar.

Aquí te dejo la canción de Rosalía:

Me quedo contigo

 

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